Pequeña libreta negra

agosto 29, 2008

Tengo una pequeña libreta no más grande que la palma de mi mano. Negra, de tapa dura, con páginas cuadriculadas, de líneas celestes, sin margen, adjunto teléfonos de emergencia y, por supuesto, calendario 2008. Además un rectángulo correspondiente para títulos de dos palabras (dependiendo del tamaño de la letra del usuario) a lo mucho, en cada página; y también, un par de barras para fechar los apuntes improvisados. No imagino esta libreta sino solo para este tipo de anotaciones al paso. “Título: Correcciones Coca Cola (muy apretado). Página Editorial (subrayado): – Mencionar campaña 28 de Julio. – Modificar remate. – Utilizar sinónimo de cliente.” Un “fetiche” propio por todo lo que contenga páginas. Otro apunte, mientras esperaba que el taxi cargara gasolina en un grifo de la avenida México. “Por todos los taxis que no van a donde vamos. Por las casualidades que nos llevaron a sentarnos en una misma mesa.” Etcétera, lleno hasta casi la mitad. Y acá termina la historia de mi libreta negra de tapa dura cuadriculada sin margen con espacios para títulos y fechas adjunto teléfonos de emergencia y, por supuesto, calendario 2008. Y ahora comienza la historia de dónde fue comprada, que no podría contarla sin antes contar la historia de cómo llegué ahí.

 

Dos días después del cumpleaños infeliz número uno del terremoto en Pisco mi madre me pidió acompañarla a sacar su partida de nacimiento al lugar en donde había nacido ella y mi padre, y donde yo y mis hermanos habíamos pasado una infancia de hoteles frente al mar, con piscina, de bolas de manteca para las tostadas en el desayuno, de almuerzos marinos bajo las palmeras de un falso desierto y lonches rimbombantes con finales felices de panes con tamal y negros sin zapatos ensuciándose los pies al ritmo del cajón de un zambo canuto que tocaba y tocaba y estoy seguro incluso que tocó hasta que la ciudad se le vino abajo y ojalá todavía siga tocando, porque sin duda, tocaba tan bien que hasta el día de hoy, y el día que acompañé a mi madre, me acordaba de él tanto que terminé por preguntarle si ella también lo recordaba y me dijo que no. Y es que la vieja nunca ha tenido buen oído.

 

Lo que me dijo en el camino, y nunca olvidaré, fue que ese viaje a Pisco después de tantos años de no haberlo visitado iba a ser una manera de reencontrarse consigo misma. Y me sorprendió viniendo de mi madre que de frases existencialistas y de profundidades no conoce sino hasta el sótano del edificio en el que vivimos. Y no quiero decir que yo conozca más allá del sótano de mi edificio, es que simplemente me sorprendió porque ella no ha sido nunca de ese tipo de frases. Bien hubiera podido decir: quiero ver la casa donde nací y pasé mi infancia, seguro que me traerá recuerdos, etc. Valdrá decir también que yo no visitaba la ciudad, talvez, desde diez años atrás.

 

Llegamos a Pisco por la tarde. Yo con aquel morbo ingenuo de quien vio la tragedia por televisión, videos vía Youtube y fotografías en papel periódico. Mi madre con el fin de reencontrarse con ella misma en una ciudad que ya no era la suya ni la de nadie. Yo con los infantiles recuerdos de la boda de un tío casándose en la catedral de la plaza central de allá. Mi madre con la intención de sacar su partida de nacimiento en una oficina que para cuando llegamos ya había cerrado. Yo con el dinero en el bolsillo para regresar con tejas blancas de pecanas para mi novia. Mi madre con las ganas de volver tan rápido como pudiésemos a Lima, porque quería evitar dormir en una ciudad en la que ahora le daba miedo dormir. Etcétera.

 

Antes de llegar a la plaza, reconocí el cementerio, los escombros aún tibios de las casas con siluetas de tropismos en un preinfarto, los rostros de niños huérfanos de padres y los padres huérfanos de ciudad y la ciudad huérfana de ayuda, de organización gubernamental, de atención mediata e inmediata y de todo el cuento que nos sabemos de Forsur y de varios millones de dólares que no se ven reflejados allí donde estaba ahora.

 

Es decir, nunca llegamos a ESA plaza. Llegamos a una plaza que ni yo ni mi madre recordábamos. Una plaza nueva: sin catedral y sin municipalidad. ¿Qué es una plaza sin catedral y sin municipalidad? No es nada. Es Pisco.

 

Entonces recordé que cuando cursaba la secundaria leí esto en “La tía Julia y el escribidor” de Mario Vargas Llosa: “Cruzó la plaza hacia la Heladería Piave, ordenó al italiano una Coca-Cola y un helado de melocotón, y, mientras consumía el espartano almuerzo, no pensó en el pasado de ese puerto sureño, el multicolor desembarco del dudoso héroe San Martín y su Ejército Libertador…”

 

Luego le preguntaría a mi padre si alguna vez existió una heladería llamada Piave en Pisco. Mi pregunta le hizo recordar escenas de su adolescencia y su respuesta me llevó a descubrir más cosas sobre aquel italiano. Se llamaba Roberto Dalla Porta Berlese, había llegado al puerto de Pisco un dos diciembre a finales de los cincuenta, era sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial y estaba casado con la hermana de mi mamá. Es decir, era mi tío Roberto. Y el local donde tenía el Piave, “que estaba ahí –dijo mi madre señalándome unos escombros – ya no está”.

 

Como el personaje de Vargas Llosa crucé la plaza hacia donde ya no estaba la Heladería Piave. Hacia la esquina más cercana una tienda de fotocopias yacía abierta y empolvada, como toda la ciudad. Le pedí a la dependiente que me vendiera una libreta de apuntes. Y me dio la pequeña libreta no más grande que la palma de mi mano. Negra, de tapa dura, con páginas cuadriculadas, de líneas celestes, sin margen, adjunto teléfonos de emergencia y, por supuesto, calendario 2008. Además un rectángulo correspondiente para títulos de dos palabras (dependiendo del tamaño de la letra del usuario) a lo mucho, en cada página, y, también, un par de barras para fechar los apuntes improvisados.

 

Con ella en la mano y mi maleta colgada hacia la espalda me senté en un banco de cemento en medio de la plaza que no conocía. Y apunté en una página al azar: Título: Reencuentro madre Pisco. Fecha: 17/08/08. Viví el terremoto en un bus camino a la casa de mi novia. Para mí duró dos luces rojas de semáforo y una verde. Para los pisqueños un año y dos días y siguen contando. Y un hombre se ofreció hacerse cargo de la partida de nacimiento de mi madre, que por un par de billetes y las gracias nos la enviará a Lima.

 

Luego tomamos un taxi. Recuerdo que mientras le dábamos la vuelta a Pisco me imaginaba ser parte de un morboso tour salvaje que disfrutaba de la vista y a la vez me avergonzaba de mi mismo. Talvez no era así, pero sentía que algunas personas me miraban con la rabia de un león de zoológico que está cansado de vivir con las sobras que le tiran. Yo era un observador observado. Y no me querían allí.

 

Ella, mi vieja, le preguntaba al taxista, que rondaba mi edad, si los Parodi aún tenían la panadería del tal avenida con tal otra; mientras él contestaba sin ganas y, seguramente, sin saber la respuesta, que no, ya no. Y seguimos por el malecón hasta que le tocó a mi madre reencontrarse con ella misma: ver que su casa no existía, que la plaza frente al mar donde jugaba estaba partida en dos y que el Portofino, donde fueron sus primeras fiestas, era una ruma de madera y piedras.

 

Hasta hoy no me he atrevido a preguntarle a mi madre si logró reencontrarse con ella misma. Talvez sea mejor esperar a que se le pase el temblor.

3 comentarios to “Pequeña libreta negra”

  1. anonimo said

    me aburres y no te lei

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