Primera ausencia

noviembre 19, 2007

Mi padre murió y así ha surgido la primera gran ausencia de mi vida. Comienzan los espacios vacíos en los lugares comunes y estos son, a la vez, recuerdos geográficos que tienen alguna connotación entre el vínculo padre/hijo que anudamos en los 24 años que nos conocimos. Tan poco nos conocimos. 

Ninguna profundidad burocrática del lenguaje o de mi lengua podría explicar a qué me refiero. La tristeza, en un primer momento apareció como suele suceder en estos casos, ni la evité ni la llamé para mi exclusividad, ni promoví lágrimas ni traté de esconderlas tras los ojos, ni me autoflagelé ni me culpé por no hacerlo. Lo que ahora cargo no es tristeza, talvez algo de desazón. Sin embargo son preguntas las que han comenzado a orillarse a mi pies, y las he ido recogiendo y tratando de explicármelas, muchas veces, inútilmente. Lo que ha llegado con la primera gran ausencia de mi vida, más que tristeza o un luto oficial del que pasé de largo, han sido preguntas.

Hace unos días conversaba de esto con una amiga. Ella me decía, o talvez yo, que una ausencia absoluta es mucho más fácil de aceptar, a comparación de una ausencia parcial, generada por el ausente, por razones diversas.

Entonces recordé una de las tantas reglas para el combate militar en una guerra de Sun Tzu. Decía que cuando una tropa ve la posibilidad de rodear a otra para lanzarse al ataque, había que dejar, necesariamente, un espacio (controlado) por donde los enemigos crean que pueden escapar. De lo contrario, pelearán a muerte, sin esperanza alguna de poder huir. Así me imagino esto de las ausencias. Cuando una ausencia es absoluta a uno le queda la resignación, nada más. Por lo contrario, cuando una ausencia es parcial, siempre se va a tener la esperanza de revertir esta ausencia. No sé cuál sea mejor. Entre la resignación y la esperanza o el optimismo; no sé cuál elegiría, teniendo en cuenta que nada es seguro en ninguna de las dos. La resignación no es una decisión fácil, ni se compra, ni llega de noche a la mañana, y la esperanza suele ceder a la desesperanza por antonomosia, y culmina todo como una resignación mucho más alargada, dolorosa y más difícil de aceptar que la primera ausencia.

La muerte de mi padre la acepté desde la noticia del médico de turno. Lo que aún no entiendo, es el significado de algunas señas particulares que tienen una carga emocional y que me anudaban con mi padre. El mar, un Peugeot gris, la música en francés, sus libros de medicina o su estetoscopio que hoy lo descubrí sobre la mesa. Ese lenguaje de instrumentos del que nadie podría escapar y que crean, absolutamente, una ausencia.

Creo comprender ahora algo que antes no. La muerte no me da miedo. Hay varias muertes, uno muere siempre, todos los días. La ausencia es una de las peores cosas que puedan existir. Y para estar ausente no es necesario haber muerto. Creo que algunos miedos comienzan a extinguirse, y con ellos comienzan a nacer algunos más complejos y menos infantiles. La primera gran ausencia, es decir, de la que debo resignarme o de la que ya comienzo a estar resignado, me ha conducido a este punto final y a comprender ahora algo que antes no. Las ausencias crean cuestionamientos. He ahí uno de los últimos nudos y señas de mi padre, con su pedagógica manera de enseñar sin decir palabra alguna.

  

2 comentarios to “Primera ausencia”

  1. LILAY said

    Muackkkk todo bien =) Espero q pases un prospero año nuevo bien piola! saludos nos estamos viendo..! =) segui con la buena onda de siempre, ia xaitooo. 1Saludin😀

  2. Cuando murió mi padre a mi me gustaba pensar (para soportar su ausencia y en parte para soportar que una parte de mí se ausentaba para siempre) que dónde quiera que estuviera él definitivamente estaría en un mejor lugar que éste. Mientras los días y las noches en vela pasaban me iba dando cuenta de que las personas que uno ama nunca se mueren porque viven dentro de ti de alguna u otra manera. Aún ahora cuando veo algo gracioso lo escucho reír a él primero, no sé si es que ya estoy rayando en esquizofrenia, lo único que sé es que cuando una persona ha llevado una vida digna y se ha entregado del todo a ella y a los que amó no es justo cuestionar tanto a la providencia, hay que aceptar la muerte con la misma dignidad con la que se acepta la vida, porque finalmente la una no tendría sentido sin la otra. Esto como tú comprenderas no lo entendí de la noche a la mañana, pero el tiempo pasa y algunas preguntas empiezan a tener respuestas. Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Eso ya lo ha cantado un viejo conocido. Mi padre también tenía esa forma de enseñar sin decir palabras, eso es lo que más extraño de él, ni te imaginas cuanto.

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