MARTÍN, SU JET LAG

abril 18, 2014

Estábamos a 12 horas de diferencia / pero hacíamos el amor en el mismo país / y ese país era una cama.

¿Qué tal este nuevo formato del blog?

Viaje

diciembre 11, 2008

Camino a Huaytapallana

Vuelvo al blog con la intención de escribir sobre el viaje mochilero que planeo hacer los primeros días de enero con Alessandra - mi chica - hacia Bolivia y Buenos Aires, con paradas previas en Ayacucho, Cusco y Puno. Mientras me amistaba con la página de WordPress, además de descubrir que el formato de acciones ha mejorado - que fue por eso que me fui de acá -, doy con los borradores que nunca publiqué y que olvidé haberlos escrito. Acá uno de ellos, que escribí de regreso del viaje que hicimos a Junín y nunca terminé de escribir:

"Alessandra dormía adosada al bluejean sucio de tierra, con sus cejas en aquella expresión natural de asesina en serie y con sus labios partidos a menos cero grados centígrados que me parten en dos. Un día antes, cumplíamos un año de habernos conocido en un bar miraflorino. Trescientos sesenta y cinco días después incursionábamos en caminatas salvajes hacia la nieve, en estafas menores a un casino de orquesta decadente, en compras mínimas en ferias serranas de domingo y en viajes interprovinciales con banda sonora de Juaneco y su combo: Tú me enseñas a hacer hilo / yo te enseño a enamorar."

Pequeña libreta negra

agosto 29, 2008

Tengo una pequeña libreta no más grande que la palma de mi mano. Negra, de tapa dura, con páginas cuadriculadas, de líneas celestes, sin margen, adjunto teléfonos de emergencia y, por supuesto, calendario 2008. Además un rectángulo correspondiente para títulos de dos palabras (dependiendo del tamaño de la letra del usuario) a lo mucho, en cada página; y también, un par de barras para fechar los apuntes improvisados. No imagino esta libreta sino solo para este tipo de anotaciones al paso. “Título: Correcciones Coca Cola (muy apretado). Página Editorial (subrayado): – Mencionar campaña 28 de Julio. – Modificar remate. – Utilizar sinónimo de cliente.” Un “fetiche” propio por todo lo que contenga páginas. Otro apunte, mientras esperaba que el taxi cargara gasolina en un grifo de la avenida México. “Por todos los taxis que no van a donde vamos. Por las casualidades que nos llevaron a sentarnos en una misma mesa.” Etcétera, lleno hasta casi la mitad. Y acá termina la historia de mi libreta negra de tapa dura cuadriculada sin margen con espacios para títulos y fechas adjunto teléfonos de emergencia y, por supuesto, calendario 2008. Y ahora comienza la historia de dónde fue comprada, que no podría contarla sin antes contar la historia de cómo llegué ahí.

 

Dos días después del cumpleaños infeliz número uno del terremoto en Pisco mi madre me pidió acompañarla a sacar su partida de nacimiento al lugar en donde había nacido ella y mi padre, y donde yo y mis hermanos habíamos pasado una infancia de hoteles frente al mar, con piscina, de bolas de manteca para las tostadas en el desayuno, de almuerzos marinos bajo las palmeras de un falso desierto y lonches rimbombantes con finales felices de panes con tamal y negros sin zapatos ensuciándose los pies al ritmo del cajón de un zambo canuto que tocaba y tocaba y estoy seguro incluso que tocó hasta que la ciudad se le vino abajo y ojalá todavía siga tocando, porque sin duda, tocaba tan bien que hasta el día de hoy, y el día que acompañé a mi madre, me acordaba de él tanto que terminé por preguntarle si ella también lo recordaba y me dijo que no. Y es que la vieja nunca ha tenido buen oído.

 

Lo que me dijo en el camino, y nunca olvidaré, fue que ese viaje a Pisco después de tantos años de no haberlo visitado iba a ser una manera de reencontrarse consigo misma. Y me sorprendió viniendo de mi madre que de frases existencialistas y de profundidades no conoce sino hasta el sótano del edificio en el que vivimos. Y no quiero decir que yo conozca más allá del sótano de mi edificio, es que simplemente me sorprendió porque ella no ha sido nunca de ese tipo de frases. Bien hubiera podido decir: quiero ver la casa donde nací y pasé mi infancia, seguro que me traerá recuerdos, etc. Valdrá decir también que yo no visitaba la ciudad, talvez, desde diez años atrás.

 

Llegamos a Pisco por la tarde. Yo con aquel morbo ingenuo de quien vio la tragedia por televisión, videos vía Youtube y fotografías en papel periódico. Mi madre con el fin de reencontrarse con ella misma en una ciudad que ya no era la suya ni la de nadie. Yo con los infantiles recuerdos de la boda de un tío casándose en la catedral de la plaza central de allá. Mi madre con la intención de sacar su partida de nacimiento en una oficina que para cuando llegamos ya había cerrado. Yo con el dinero en el bolsillo para regresar con tejas blancas de pecanas para mi novia. Mi madre con las ganas de volver tan rápido como pudiésemos a Lima, porque quería evitar dormir en una ciudad en la que ahora le daba miedo dormir. Etcétera.

 

Antes de llegar a la plaza, reconocí el cementerio, los escombros aún tibios de las casas con siluetas de tropismos en un preinfarto, los rostros de niños huérfanos de padres y los padres huérfanos de ciudad y la ciudad huérfana de ayuda, de organización gubernamental, de atención mediata e inmediata y de todo el cuento que nos sabemos de Forsur y de varios millones de dólares que no se ven reflejados allí donde estaba ahora.

 

Es decir, nunca llegamos a ESA plaza. Llegamos a una plaza que ni yo ni mi madre recordábamos. Una plaza nueva: sin catedral y sin municipalidad. ¿Qué es una plaza sin catedral y sin municipalidad? No es nada. Es Pisco.

 

Entonces recordé que cuando cursaba la secundaria leí esto en “La tía Julia y el escribidor” de Mario Vargas Llosa: “Cruzó la plaza hacia la Heladería Piave, ordenó al italiano una Coca-Cola y un helado de melocotón, y, mientras consumía el espartano almuerzo, no pensó en el pasado de ese puerto sureño, el multicolor desembarco del dudoso héroe San Martín y su Ejército Libertador…”

 

Luego le preguntaría a mi padre si alguna vez existió una heladería llamada Piave en Pisco. Mi pregunta le hizo recordar escenas de su adolescencia y su respuesta me llevó a descubrir más cosas sobre aquel italiano. Se llamaba Roberto Dalla Porta Berlese, había llegado al puerto de Pisco un dos diciembre a finales de los cincuenta, era sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial y estaba casado con la hermana de mi mamá. Es decir, era mi tío Roberto. Y el local donde tenía el Piave, “que estaba ahí –dijo mi madre señalándome unos escombros – ya no está”.

 

Como el personaje de Vargas Llosa crucé la plaza hacia donde ya no estaba la Heladería Piave. Hacia la esquina más cercana una tienda de fotocopias yacía abierta y empolvada, como toda la ciudad. Le pedí a la dependiente que me vendiera una libreta de apuntes. Y me dio la pequeña libreta no más grande que la palma de mi mano. Negra, de tapa dura, con páginas cuadriculadas, de líneas celestes, sin margen, adjunto teléfonos de emergencia y, por supuesto, calendario 2008. Además un rectángulo correspondiente para títulos de dos palabras (dependiendo del tamaño de la letra del usuario) a lo mucho, en cada página, y, también, un par de barras para fechar los apuntes improvisados.

 

Con ella en la mano y mi maleta colgada hacia la espalda me senté en un banco de cemento en medio de la plaza que no conocía. Y apunté en una página al azar: Título: Reencuentro madre Pisco. Fecha: 17/08/08. Viví el terremoto en un bus camino a la casa de mi novia. Para mí duró dos luces rojas de semáforo y una verde. Para los pisqueños un año y dos días y siguen contando. Y un hombre se ofreció hacerse cargo de la partida de nacimiento de mi madre, que por un par de billetes y las gracias nos la enviará a Lima.

 

Luego tomamos un taxi. Recuerdo que mientras le dábamos la vuelta a Pisco me imaginaba ser parte de un morboso tour salvaje que disfrutaba de la vista y a la vez me avergonzaba de mi mismo. Talvez no era así, pero sentía que algunas personas me miraban con la rabia de un león de zoológico que está cansado de vivir con las sobras que le tiran. Yo era un observador observado. Y no me querían allí.

 

Ella, mi vieja, le preguntaba al taxista, que rondaba mi edad, si los Parodi aún tenían la panadería del tal avenida con tal otra; mientras él contestaba sin ganas y, seguramente, sin saber la respuesta, que no, ya no. Y seguimos por el malecón hasta que le tocó a mi madre reencontrarse con ella misma: ver que su casa no existía, que la plaza frente al mar donde jugaba estaba partida en dos y que el Portofino, donde fueron sus primeras fiestas, era una ruma de madera y piedras.

 

Hasta hoy no me he atrevido a preguntarle a mi madre si logró reencontrarse con ella misma. Talvez sea mejor esperar a que se le pase el temblor.

Luego del almuerzo se había colgado un sol espléndido por la ventana. Tres de la tarde y algo más. Comenzábamos a sufrir la hamburguesa, el arroz, los huevos fritos y el refreso. Almuerzo típico cuando mi hermano y yo decidimos el almuerzo. Pasado algunos minutos nos fuimos al sillón a descansar. Mi padre, mi hermano menor, mi sobrino de ocho años, Nicolás, y yo.

De este descanso salió la broma de “Nicolás, a ver, mueve el estómago así como tú sabes”. Este espectáculo trata de “culebrear” la panza de arriba a abajo, siendo un show de los buenos porque no hay quien pueda hacerlo comúnmente. Entonces mi hermano explicaría que eso debía ser genético, como hacer la lengua así, entonces, dobló la lengua de tal manera que se convirtió en un pequeño tubo.

– ¿Así? – dijo Nicolás, poniendo la lengua de la misma forma.

– Él tiene genes de chimpancé de circo, debe haberlos sacado por su mamá – dije.

– No tío, de tu enamorada de hace tiempo – me contestó Nico.

– ¿De quién? – le dije riéndome.

– De esa enamorada tuya que me enseñó a hacer así la lengua, ¿te acuerdas?.

Lo asombroso era que no lo recordaba, y que Nicolás me había vendido un recuerdo a cambio de nada. Quien levantó el polvo bajo esa alfombra fue un niño de ocho años que me hacía recordar, a través de su recuerdo vivido hace 4 años, parte de lo que había vivdo con esta ex. Fue terriblemente asombroso. Me pregunto cuántas cosas mías (que incluyen a terceros) deben recordar otras personas.

En fin, relacionado (más o menos) a esto hay una investigación de las universidades de Duke (Estados Unidos) y de Canterbury (Nueva Zelanda) acerca de un fenómeno: la apropiación de recuerdos que pertenecen a otros.

Acá dejo un fragmento que formula la investigación:

Teniendo en cuenta que la memoria es el eje de nuestra identidad, y que somos lo que recordamos que somos, ¿qué sucedería si nuestros recuerdos nos hiciesen creer cosas que de hecho no hemos vivido aunque parezca que sí?

Todo cambia

enero 30, 2008

Yo cambio, mi espacio cambia, el tiempo cambia y este blog también.

Desde ahora

www.oceanografiadelaburrimiento.blogspot.com

Un nuevo lugar, el mismo aburrimiento.

Estar con alguien es hacerte responsable de los sentimientos del otro, y a lo lejos; siento que no puedo ser responsable y que no puedo controlar nada (en el buen sentido de la palabra control, nunca te controlé, como nunca me controlaste a mí). 

(el buen final)

enero 20, 2008